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LOS DIOSES

 
  "A estos palmeros se les aparecía el demonio, en figura de perro lanudo, y llamábanlo Iruene" (J. Abreu Galindo)
   
Según las fuentes etnohistóricas, los benahoaritas creían en la existencia de un dios superior al que llamaban Abora, que significaba "la luz superior o divinizada". Este dios habitaba en el cielo, que era conocido como tigot o tigotán. Algunos investigadores identifican a este dios con el sol.

Abora se podía personificar en determinados accidentes del terreno, siendo el caso más típico el Roque Idafe, con el cual practicaban la idolatría. Para los benahoaritas este monolito pétreo era el Axis Mundi, la columna que sostiene el cielo, por lo que en torno al mismo desarrollaban una serie de ritos para impedir que se desplomase.

También se han encontrado pequeños idolillos de barro, de formas antropomorfas muy esquemáticas.

 

   
  Reconstrucción del enterramiento de La Palmera (Tijarafe) en el Museo Insular de San Francisco  
     

EL MÁS ALLÁ


 
  Preparación de un cuerpo
para su inhumación sobre un
chajasco (tablón funerario)
   
Los benahoaritas creían en la existencia de otra vida, de ahí que a sus seres queridos muertes les diesen un trato especial. La costumbre más generalizada era la inhumación en cuevas de todos los tamaños y formas, desde los cejos y covachas muy pequeños con capacidad para un solo cuerpo, a gigantescas necrópolis que albergaban los restos de más de 20 individuos.

Para evitar el contacto de los cuerpos con el suelo se colocaban encima de una capa de materia vegetal o tablones funerarios conocidos como chajasco.

Los benahoaritas también practicaron la momificación de los cadáveres, si bien no era una práctica muy extendida sino que, con toda probabilidad, sólo se hacía con los personajes más relevantes. La única momia que se conoce en La Palma se encontró en El Barranco del Espigón (Puntallana).

La cremación de los cadáveres ha sido atestiguada en diferentes yacimientos de la isla. Podría tratarse de un rito consciente, tal y como hacían algunas tribus beréberes o, simplemente, se trataba de un método para seguir utilizando las necrópolis una vez que la acumulación de cuerpos había saturado la cavidad natural. Junto a los cadáveres se depositaba parte del ajuar doméstico que esa persona había utilizado en vida. Se colocaban vasijas que contenían ofrendas alimenticias, utensilios líticos, armas de madera, boomerangs, punzones, cuentas de collar de hueso o malacológicos, etc.

 
 
 
  Créditos - Universidad Ambiental de La Palma