Las cifras de las Naciones Unidas son claras: De las 100 especies de plantas que proporcionan el 90 por ciento de los alimentos del mundo, más del 70 por ciento dependen de las abejas para la polinización.

El 84% de las especies de plantas con flores de nuestro planeta necesitan abejas y el 85% de las plantas cultivadas en Europa no sobrevivirían sin este servicio de polinización insustituible de los insectos…. ¡desde tiempos inmemoriales! Las abejas, que aparecieron entre 100 y 150 millones de años antes que el hombre, según los científicos, han permitido que las plantas con flores evolucionen y también garantizan su supervivencia.

Las abejas han sobrevivido a sucesivas alteraciones climáticas

Mostrando una sorprendente capacidad de adaptación por parte de un insecto cuyo peso medio es de una décima de gramo. Sin embargo, los apicultores están preocupados.

Desde hace más de quince años, advierten contra los efectos devastadores de la agroquímica en sus colonias de abejas, denuncian también importantes disfunciones en el proceso de autorización de comercialización de plaguicidas, una grave quiebra en términos de evaluación de riesgos, conflictos de intereses en los procesos de aprobación y comercialización de estos llamados productos fitosanitarios de los que dependen los sectores agrícolas «convencionales». Y mientras que estos hechos son ahora reconocidos por las autoridades públicas, los apicultores siguen esperando las medidas realmente útiles que les permitan repensar el futuro de una manera sostenible.

mundo sin abejas

El declive mundial de las abejas polinizadoras no es inevitable

Sus causas están ahora científicamente identificadas. Con la toxicidad excesivamente multiplicada de los plaguicidas y las nuevas tecnologías de aplicación, se ha acelerado durante más de una década… pero todavía es posible detenerla. A través de decisiones políticas valientes, basadas en el reconocimiento objetivo de las causas de la catástrofe y en la determinación deliberada de detenerlas, transformando radicalmente nuestro modelo agrícola en el interés público, para que pueda ofrecer a los polinizadores flores sanas para polinizar, garantizar a los consumidores una mayor seguridad sanitaria y garantizar fundamentalmente la independencia alimentaria de las personas.

Detener el declive de las abejas significa poner fin a la dictadura de los agroquímicos que lleva más de medio siglo haciendo llover y brillar el sol en el planeta y que, al mismo tiempo, ha mantenido el mercado de los químicos mediante la dependencia de pacientes cada vez más jóvenes y en constante aumento que padecen problemas irreversibles relacionados con la degradación de nuestro medio ambiente: el agua, el aire y el suelo.

¿Cómo sería el mundo sin abejas?

Mientras persista este flagelo, que también condena a las generaciones futuras, ninguna ley puede tener un efecto significativo sobre la biodiversidad. Porque sin abejas, ya no hay biodiversidad. Sin abejas, ya no hay flores, perfumes ni sabores. Sin abejas, no hay más semillas ni animales granívoros. Sin abejas, es la flora y la fauna las que desaparecen gradualmente. Y la humanidad con ellos. Las abejas son nuestro futuro. La apicultura, la forma de recuperarlos, y la agroecología, su único socio sostenible. ¿Lo admitirán los políticos antes de que sea demasiado tarde?