Si pensamos en un faro automáticamente a la persona que lo habita o trabaja en él lo llamaremos “farero”. Y así era hasta que optaron por cambiarles el nombre por el de técnicos de sistemas de ayuda a la navegación, sinceramente por mucho que piense en un faro no creo que mi mente imaginara ese nombre.

Uno de los más antiguos que se conocen y aún en uso es el que se encuentra encastrado sobre una roca en la ría ferrolana, conocido como el faro de Pioriño Chico, tiene una antigüedad de casi 200 años y como se puede comprender una dilatada y larga historia.

El trabajo del farero

Este faro es la vivienda de la “farera” que lo habita y su lugar de trabajo, en Galicia se encuentran 23 de los 187 faros que están salpicados por todo el litoral de la península, pero no todos están habitados. Según varios artículos publicados, se puede acceder a la información de como esta singular edificación apta para vivienda y puesto de trabajo, se eleva a 36 metros sobre el mar y su luminosidad se distinguiría en unas 23 millas náuticas (42 km). Las vistas son semejantes a las que podríamos disfrutar durante un paseo en barco por el Océano, es como si viviésemos siempre en alta mar, pero en tierra firme. Las vistas por un lado miran al Atlántico sin más obstáculos que el propio Horizonte, desde otro punto se puede apreciar las rías de Ferrol y Betanzos, girarte y disfrutar de la Torre de Hércules. Nadie te molesta, tus únicos vecinos o acompañantes, las gaviotas y el sonido del mar.

Una vez metido en faena el farero o farera se olvida del lugar encantado donde se encuentra y los días de mar bravío, es decir cuando hay temporal o tormenta los sistemas eléctricos se ven alterados y tienen que pasar uno a uno por una inspección para comprobar que su famosa luz intermitente guíe siempre el paso de los barcos.